“Desátenlo y déjenlo caminar”: la comunidad cristiana y los procesos de reparación desde el Evangelio de Lázaro
- 18/05/2026/
- Publicado por: Daniel Portillo Trevizo
- Categoría: Reflexiones reparación
Por Daniel Portilo Trevizo
El relato del Evangelio de Lázaro nos invita a detenernos juntos frente a una experiencia profundamente humana, una experiencia que todos conocemos de una u otra manera: la experiencia de la herida, de la pérdida, del dolor y de la necesidad de ser acompañados. Porque todos, en algún momento de la vida, hemos atravesado situaciones que nos rompen por dentro. A veces son pérdidas familiares. A veces enfermedades. A veces decepciones profundas. A veces injusticias, traiciones, abandonos o experiencias donde sentimos que algo dentro de nosotros quedó marcado para siempre. Y cuando el sufrimiento es grande, uno descubre algo importante: el dolor no afecta solamente el cuerpo o las emociones. El sufrimiento también hiere la confianza. Cambia la manera de mirar la vida. Cambia la manera de relacionarnos con los demás. Incluso puede cambiar nuestra relación con Dios.
Por eso muchas personas, cuando atraviesan momentos difíciles, no solo preguntan:
“¿Cómo sigo adelante?” También preguntan: “¿Dónde estaba Dios?” “¿Por qué pasó esto?” “¿Por qué no fui protegido?” “¿Cómo vuelvo a confiar?” “¿Cómo vuelvo a vivir?” Y justamente allí aparece una de las grandes enseñanzas del Evangelio.
“Señor, aquel a quien amas está enfermo”
El Evangelio nos muestra a un Dios que entra en la herida humana. Y quizá uno de los relatos donde esto aparece con más profundidad es el relato de la resurrección de Lázaro, en el Evangelio de Juan. Es una escena conocida. Pero cuando uno la mira con atención, descubre algo extraordinariamente humano. No es solamente un relato sobre un milagro. Es un relato sobre una comunidad herida. Sobre una familia atravesada por la pérdida. Sobre la decepción. Sobre el duelo. Sobre la espera. Sobre el silencio de Dios. Y, finalmente, sobre la posibilidad de volver a vivir.
Lázaro está enfermo. Sus hermanas, Marta y María, envían un mensaje a Jesús:
“Señor, aquel a quien amas está enfermo”. Es una frase llena de confianza. Ellas esperan que Jesús venga inmediatamente. Esperan protección. Esperan cuidado. Esperan presencia. Pero Jesús no llega enseguida. Y aquí comienza una parte muy importante del relato. Porque el Evangelio nos muestra algo profundamente desconcertante: Jesús demora. Permanece dos días más antes de ir. Y mientras tanto, Lázaro muere. Todos nosotros conocemos, de alguna manera, esa experiencia. La experiencia de esperar una ayuda que no llega. La experiencia de pedir auxilio y sentir silencio. La experiencia de preguntarnos por qué Dios parece ausente precisamente cuando más lo necesitamos.
“Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”
Cuando Jesús finalmente llega, Marta le dice: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Y poco después María repite exactamente la misma frase. Qué impresionante es esto. No es una frase piadosa. Es una frase herida. Es una frase donde hay fe, pero también dolor. Confianza, pero también decepción. Amor, pero también reproche. Y lo más importante es que Jesús no rechaza esa reacción.
Jesús escucha el dolor. Y eso es profundamente importante para nosotros hoy. Porque muchas veces hemos aprendido una imagen equivocada de la fe. Pensamos que creer significa no enojarse nunca, no cuestionar nunca, no llorar nunca. Pero el Evangelio muestra otra cosa.
La verdadera fe también puede gritar. También puede preguntar.También puede sentirse confundida. Y Dios no se escandaliza de eso. De hecho, el versículos más corto de toda la Biblia dice simplemente: “Jesús lloró”. Jesús llora frente a la tumba de su amigo. Y esto cambia completamente nuestra manera de comprender a Dios.
Porque el Dios cristiano no es indiferente al sufrimiento humano. No mira el dolor desde lejos. No permanece frío frente a la herida. Dios llora con quienes sufren. Jesús no empieza explicando el sufrimiento. Empieza compartiéndolo. Y esto tiene una enorme importancia para nuestra vida personal, para nuestras comunidades y también para la Iglesia.
Porque muchas veces, frente al sufrimiento ajeno, queremos resolver rápido. Queremos encontrar frases correctas. Queremos cerrar rápido la herida. Pero Jesús primero permanece. Escucha. Se conmueve y Acompaña. Antes de cualquier milagro, hay compasión. Y quizá esto ya nos enseña algo esencial: acompañar no es tener todas las respuestas. Acompañar es no abandonar.
“Quiten la piedra”… “Ya huele mal”
Luego sucede algo muy fuerte en el relato. Jesús pide: “Quiten la piedra”. Y Marta responde: “Señor, ya huele mal. Lleva cuatro días”. Qué frase tan profundamente humana. “Ya huele mal”. Es decir: “Ya es demasiado tarde”. “Ya no hay solución”. “Es mejor no abrir nuevamente esa herida”. Y aquí aparece algo muy importante para nuestra vida y para nuestras comunidades. Muchas veces preferimos dejar ciertas heridas cerradas. No hablar de ellas. No mirarlas. No nombrarlas. Porque abrirlas produce miedo. Produce vergüenza. Produce dolor.
Esto ocurre en las familias. En las amistades. En las comunidades. Y también ocurre en las instituciones, como lo es la Iglesia. A veces el silencio parece más cómodo que la verdad. Pero el Evangelio muestra algo decisivo: no puede haber verdadera vida nueva mientras la piedra siga cerrando el sepulcro. La reparación comienza cuando nos atrevemos a mirar la herida sin negarla. Y esto es especialmente importante cuando hablamos de sufrimientos provocados por violencia, abuso, negligencia o abuso de poder, de conciencia, espiritual o psicológico.
Porque existen heridas que no fueron solamente “accidentes de la vida”. Hay dolores causados por personas. Dolores agravados por silencios. Dolores profundizados por instituciones que no protegieron, no escucharon o no actuaron cuando debían hacerlo. Y entonces el sufrimiento se vuelve todavía más duro. Porque no solo duele lo que ocurrió. También duele sentirse abandonado. No escuchado y no creído. Por eso la reparación verdadera nunca puede consistir simplemente en pedir a las personas que “sigan adelante”.
No basta con palabras bonitas. No basta con discursos espirituales. No basta con pedir perdón de manera abstracta. Cuando hubo daño real, debe existir también responsabilidad real. Y aquí el relato de Lázaro tiene una profundidad enorme. Porque Jesús no hace todo solo. Involucra a la comunidad. Les pide quitar la piedra. Les pide acercarse al sepulcro. Les pide participar. Esto significa algo muy importante: la reparación nunca es solamente individual.
Cuando existe sufrimiento causado o agravado por dinámicas de poder, por silencios institucionales o por negligencias comunitarias, toda la comunidad tiene responsabilidad. Y esta es una idea profundamente evangélica. Porque el Evangelio nunca pone en el centro la protección de la imagen institucional. Pone en el centro la dignidad de la persona herida.
A veces las instituciones tienen miedo de reconocer errores. Tienen miedo de mirar sus propias fallas. Tienen miedo de perder prestigio. Pero una comunidad que niega sus heridas termina endureciéndose. Y una institución que protege más su imagen que a las personas termina alejándose del Evangelio. Jesús nunca protegió estructuras a costa del sufrimiento humano.
Por eso una Iglesia verdaderamente fiel al Evangelio no es una Iglesia perfecta. Es una Iglesia capaz de reconocer sus límites. Capaz de escuchar. Capaz de aprender. Capaz de asumir responsabilidades. Capaz de cambiar. Porque asumir responsabilidad no destruye a una comunidad. Lo que destruye a una comunidad es la negación de la verdad. La verdad puede doler. Pero solo la verdad abre camino hacia la reparación. Y esto vale no solamente para la Iglesia. Vale para toda comunidad humana. Para familias. Para escuelas. Para grupos. Para instituciones sociales. Para cualquier espacio donde exista responsabilidad sobre otros.
La reparación comienza cuando dejamos de preguntarnos: “¿Cómo protegemos nuestra imagen?” Y empezamos a preguntarnos: “¿Cómo protegemos a las personas más vulnerables?” Eso cambia todo. Porque una comunidad verdaderamente humana no es aquella donde nunca ocurren errores. Es aquella donde existe humildad para reconocerlos y responsabilidad para transformarse.
“¡Lázaro, sal fuera!”
Luego, en el relato, Jesús pronuncia una frase decisiva: “¡Lázaro, sal fuera!” Jesús llama a Lázaro por su nombre. Esto es profundamente importante. Porque el sufrimiento profundo muchas veces despersonaliza. Cuando una persona atraviesa una gran herida, corre el riesgo de quedar reducida a su dolor, a su fracaso o a aquello que sufrió. Pero Jesús sigue llamando por el nombre. Sigue viendo una persona irrepetible. Una dignidad intacta. Una vida que todavía merece ser vivida. Y entonces Lázaro sale del sepulcro. Pero sale todavía atado. Esto es decisivo.
Porque el Evangelio no presenta una reparación mágica. No presenta una curación instantánea donde todo desaparece de golpe. Lázaro vuelve a la vida, sí. Pero sigue cubierto de vendas. La herida deja marcas. Y esto es profundamente realista. Hay experiencias que transforman la vida para siempre. Hay dolores que nunca desaparecen completamente. Hay pérdidas que dejan cicatrices permanentes. Y el Evangelio no obliga a fingir que eso no existe. La fe cristiana no consiste en negar las heridas. Consiste en descubrir que las heridas no tienen la última palabra.
Reparar no significa volver exactamente a ser quienes éramos antes. Significa aprender nuevamente a vivir. Aprender nuevamente a confiar. Aprender nuevamente a caminar. Y aquí llegamos quizá al centro más profundo de toda esta escena.
“Desátenlo y déjenlo caminar”
Jesús dice: “Desátenlo y déjenlo caminar”. Y esta frase no se dirige a Lázaro. Se dirige a la comunidad. Esto es impresionante. Porque la resurrección no termina cuando Lázaro sale del sepulcro. La resurrección necesita de otros.
Lázaro no puede quitarse solo las vendas. Necesita manos humanas. Necesita cercanía. Necesita cuidado. Necesita comunidad. Y aquí aparece una de las grandes verdades del cristianismo: nadie sana completamente solo. Todos necesitamos personas que nos ayuden a desatar aquello que nos inmoviliza. A veces son miedos, culpas, recuerdos dolorosos, desconfianza, vergüenza. A veces silencios que llevamos dentro desde hace años. Y por eso la comunidad cristiana está llamada, ante todo, a ser un espacio de reparación. No un espacio de juicio. No un espacio donde las personas deban fingir perfección. Sino un lugar donde alguien herido pueda volver a caminar. Y esto es mucho más exigente de lo que parece.
Porque significa aprender a escuchar sin condenar. Acompañar sin apresurar. Creer sin sospechar permanentemente. Cuidar sin dominar. Significa crear espacios donde las personas puedan hablar sin miedo. Y especialmente significa evitar algo muy doloroso: la revictimización. Porque a veces una persona no solo sufre por la herida original. También sufre por la manera en que la comunidad responde a esa herida. Cuando alguien no es escuchado. Cuando se minimiza su dolor. Cuando se lo culpa. Cuando se le pide que “supere rápido” lo vivido. Cuando se protege más la institución que a la persona. Entonces el sufrimiento se multiplica.
Por eso una comunidad reparadora debe aprender algo fundamental: el dolor humano no se administra. Se acompaña. Y esto exige una profunda conversión. Porque muchas veces las comunidades religiosas han pensado más en conservar el orden que en acompañar verdaderamente a quienes sufren. Jesús se acerca al sepulcro. Se conmueve. Llora. Escucha. Y luego involucra a toda la comunidad en la tarea de desatar. Eso significa que la reparación no es tarea de especialistas solamente. Es responsabilidad colectiva.
Todos podemos ayudar a alguien a volver a caminar. O todos podemos, también, seguir atándolo más. Por eso la gran pregunta que el Evangelio nos deja hoy es esta: ¿Somos comunidades que ayudan a desatar? ¿O somos comunidades que siguen poniendo piedras? ¿Nuestra presencia devuelve esperanza? ¿O aumenta el peso de las heridas? Porque una comunidad verdaderamente cristiana no es la que aparenta perfección. Es la que sabe cuidar la fragilidad humana.
Es la que sabe convivir con personas heridas sin expulsarlas. Es la que no tiene miedo a la verdad. Es la que entiende que la misericordia nunca puede separarse de la justicia. Porque no hay verdadera reparación sin verdad. Y tampoco hay verdadera reconciliación sin reconocimiento del daño. La misericordia auténtica no consiste en esconder los problemas. Consiste en atravesarlos humanamente y transformarlos. Y eso exige valentía.
Valentía para escuchar historias dolorosas. Valentía para reconocer errores institucionales. Valentía para revisar modos de ejercer el poder. Valentía para cambiar estructuras que producen daño o silenciamiento. Porque si una comunidad no cambia aquello que hiere, entonces las heridas vuelven a repetirse. Y aquí aparece otra enseñanza muy importante. La reparación no significa borrar el pasado. No significa actuar como si nada hubiera ocurrido.
Las cicatrices permanecen. La memoria permanece. Pero la memoria no tiene que convertirse en prisión. La memoria también puede convertirse en camino de transformación. Una comunidad madura no es la que olvida rápidamente. Es la que aprende de sus heridas.
Y quizá esa sea una de las tareas más urgentes hoy para la Iglesia y para toda comunidad humana: aprender a transformar el dolor en responsabilidad, la verdad en camino de conversión y la fragilidad en espacio de encuentro humano. Y quizá el Evangelio de Lázaro nos recuerda algo esencial: la fe cristiana no consiste primero en dar respuestas perfectas. Consiste en aprender a acompañar la vida herida.
Consiste en aprender a permanecer cerca del sepulcro sin huir. A retirar piedras.
A soportar el olor de las heridas sin negar la realidad. A llamar por el nombre. Y a ayudar a desatar. Porque quizá el mayor milagro del relato no sea solamente que un hombre vuelva a la vida. Quizá el milagro más grande sea que una comunidad aprenda a hacerse responsable de la vida herida de los demás. Y esa responsabilidad es profundamente espiritual. Porque una comunidad que cuida verdaderamente se convierte en signo de Dios.
Lázaro sale del sepulcro todavía cubierto de vendas. Y Jesús dice: “Desátenlo y déjenlo caminar”. Tal vez esa frase resume una misión enorme para todos nosotros. Hay personas a nuestro alrededor intentando volver a caminar. Personas que cargan heridas invisibles.
Personas que necesitan ser escuchadas. Personas cansadas de cargar solas su dolor. Personas que necesitan comunidades más humanas, más humildes y más responsables.
Y entonces la pregunta final es: ¿Queremos ser parte de comunidades que atan o de comunidades que desatan? Porque reparar una vida no significa borrar la herida.
Significa crear las condiciones para que la vida vuelva a ser posible. Y eso solo puede hacerse juntos.
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