Mons. José Domingo Ulloa inaugura el Congreso Internacional sobre la prevención de los abusos y el cuidado pastoral de la comunidad sorda
- 08/07/2026/
- Publicado por: Ceprome provisional
- Categoría: Congreso internacional para sordos
En el marco del Congreso Internacional sobre la prevención de los abusos y el cuidado pastoral de la comunidad sorda, organizado por Deaf Catholic Youth Initiative for the Americas (DCYIA) en colaboración con CEPROME, Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A., arzobispo metropolitano de Panamá, presidió la Eucaristía inaugural y dirigió una profunda reflexión sobre la necesidad de construir una Iglesia cada vez más accesible, transparente y comprometida con la protección de las personas más vulnerables
Durante su homilía, el arzobispo afirmó que este encuentro representa un auténtico camino de conversión, invitando a toda la Iglesia a sembrar justicia, fortalecer una cultura de la prevención y garantizar que cada persona pueda ser escuchada con dignidad. Asimismo, destacó que la accesibilidad no constituye un gesto opcional de buena voluntad, sino una exigencia de la dignidad humana y una expresión concreta del Evangelio.
A continuación, compartimos el texto íntegro de la homilía pronunciada durante la Eucaristía de inauguración del Congreso Internacional sobre la prevención de los abusos y el cuidado pastoral de la comunidad sorda.

Homilía
Eucaristía de inauguración del Congreso Internacional sobre la prevención de los abusos y el cuidado pastoral de la comunidad sorda
+ Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A.
Arzobispo Metropolitano de Panamá
Queridos hermanos y hermanas:
Con inmensa alegría celebramos esta Eucaristía con la que inauguramos este Congreso Internacional. Doy gracias a Dios por la presencia de cada uno de ustedes: miembros de la comunidad sorda, sobrevivientes, familias, intérpretes, agentes de pastoral, especialistas, representantes de DCYIA, CEPROME y del CELAM, y de tantas Iglesias particulares que han venido desde distintos países.
Sean todos bienvenidos a Panamá, tierra puente del mundo y corazón de América. Pero, sobre todo, bienvenidos a esta casa que es la Iglesia, donde nadie debe sentirse extranjero, invisible o excluido.
Hoy no inauguramos simplemente un congreso. Inauguramos un camino de conversión. Un camino que nos exige aprender a escuchar de una manera nueva. Las lecturas que acabamos de escuchar iluminan profundamente este momento.
El profeta Oseas dirige una palabra fuerte al pueblo de Israel. Denuncia un corazón dividido: un pueblo que aparentaba dar frutos, pero que había olvidado la justicia. Por eso lanza una invitación que hoy resuena con extraordinaria actualidad: «Sembrad justicia y cosecharéis misericordia» (Os 10,12).
No dice simplemente “hagan el bien”. Dice: siembren justicia. La justicia no nace espontáneamente. Se cultiva. Se trabaja. Se protege. Durante demasiado tiempo muchas personas, especialmente dentro de la comunidad sorda, experimentaron el silencio del sufrimiento. Algunas fueron víctimas de abuso; otras encontraron barreras para denunciar; otras no fueron escuchadas porque la Iglesia no supo comunicarse con ellas.
Ese silencio no puede seguir existiendo. No basta con lamentarnos por el pasado. El Señor nos pide sembrar una cultura nueva. Una cultura donde toda persona sea escuchada. Donde la prevención sea una prioridad. Donde la transparencia sea un compromiso permanente. Donde la dignidad humana esté siempre por encima de cualquier interés institucional. Por eso nuestro lema no es una frase bonita. Es una verdadera llamada del Evangelio: «Enfrentar el camino con valentía: cambiar la cultura del abuso.»
Cambiar una cultura significa cambiar nuestra manera de pensar, de actuar y de relacionarnos. Y eso exige conversión. El Evangelio nos presenta a Jesús llamando a los Doce. Antes de enviarlos, les da autoridad. Pero es importante comprender cuál es esa autoridad. No es poder para dominar. No es prestigio. No es privilegio. Es autoridad para sanar. Para liberar. Para acercarse a quien estaba herido. Para devolver esperanza.
Toda autoridad en la Iglesia sólo tiene sentido cuando se pone al servicio de los más vulnerables. Si no sana, deja de parecerse a Cristo. Si no protege, pierde credibilidad. Si no escucha, deja de anunciar el Reino. Por eso este Congreso tiene un profundo sentido evangélico. Jesús continúa enviando hoy discípulos que sepan cuidar. Que sepan proteger. Que sepan crear espacios seguros. Que sepan devolver la confianza. Pero quisiera detenerme en un aspecto particularmente importante.
Durante muchos años hemos pensado que las personas sordas debían adaptarse a nuestras estructuras pastorales. Hoy comprendemos que el Evangelio nos pide exactamente lo contrario. Es la Iglesia la que debe aprender el lenguaje del encuentro. La Iglesia debe aprender a comunicarse. Debe eliminar barreras. Debe garantizar accesibilidad. Debe ofrecer procesos de prevención y denuncia que sean verdaderamente comprensibles para todos. La accesibilidad no es un gesto de buena voluntad. Es una exigencia de la dignidad humana. Es justicia. Es sinodalidad. Es Evangelio. Porque una Iglesia que no puede ser comprendida por todos todavía tiene camino por recorrer.
Y quisiera decir algo muy importante a nuestros hermanos y hermanas sordos: Ustedes no están aquí simplemente porque queremos servirlos. Están aquí porque ustedes son Iglesia. Son discípulos misioneros. Son protagonistas de la evangelización. El Espíritu Santo también habla a través de ustedes. Sus dones enriquecen la Iglesia. Su experiencia nos enseña. Su mirada nos ayuda a descubrir dimensiones del Evangelio que muchas veces nosotros no vemos. Necesitamos su liderazgo. Necesitamos su voz. Necesitamos caminar juntos.
Quisiera también dirigir una palabra especial a quienes han sufrido abusos. Sabemos que muchas heridas permanecen abiertas. Sabemos que ninguna conferencia puede borrar el dolor vivido. Sabemos que recuperar la confianza requiere tiempo. Pero queremos decirles, con humildad y sinceridad, que deseamos escucharlos. No para justificar. No para defendernos. Sino para aprender. Para reparar. Para cambiar. Porque una Iglesia que escucha a las víctimas comienza realmente a parecerse a Jesús.
Queridos hermanos: El salmo nos invitaba repetidamente: «Buscad continuamente el rostro del Señor.» ¿Y dónde encontramos hoy ese rostro? Lo encontramos en quien necesita ser escuchado. En quien espera justicia. En quien anhela sentirse seguro. En quien pide ser tratado con la misma dignidad con la que Dios lo mira. Este Congreso será fecundo si al terminar no sólo habremos compartido conocimientos. Será fecundo si regresamos a nuestros países decididos a construir comunidades más seguras. Si regresamos convencidos de que la prevención forma parte de la evangelización. Si regresamos sabiendo que proteger a los pequeños no es una tarea secundaria, sino una expresión concreta del Reino de Dios.
Pidamos al Señor que nos conceda un corazón indiviso, como pedía el profeta Oseas; un corazón capaz de sembrar justicia para cosechar misericordia. Que Jesús, el Buen Pastor, nos enseñe a reconocer la voz de quienes durante demasiado tiempo no fueron escuchados. Y que Santa María la Antigua, Madre que siempre escucha el clamor de sus hijos, nos acompañe para que la Iglesia sea cada día una casa segura, accesible, transparente y llena de esperanza para todos.
Su servidor,
+ JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
Arzobispo Metropolitano de Panamá
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